Pilotar para aprender: la metodología de ONCE Innova y el valor del error

BOLETÍN IDS MARZO 2026

ONCE Innova y sus vertientes.

En innovación, tener una buena idea no es suficiente. La cuestión determinante no es si una propuesta resulta atractiva en el papel, sino si realmente aporta valor a las personas a las que va dirigida. Esa es la pregunta que guía el trabajo de ONCE Innova: ¿es viable esta idea en el contexto real en el que debe aplicarse?

Versión sonora

Para responderla, ONCE Innova desarrolla proyectos piloto de innovación como parte central de su metodología de trabajo. No se trata de “probar algo pequeño” de manera informal ni de lanzar versiones preliminares sin criterio. Se trata de crear un espacio estructurado de aprendizaje. Un piloto es un entorno controlado, con recursos acotados y un tiempo definido, que permite testar el corazón de una idea sin necesidad de desarrollar desde el inicio una solución definitiva ni perfecta lista para subirla al App Store o Google Play.

Un piloto no es la versión final de un producto, ni una herramienta lista para su despliegue a toda la organización (trabajadores y afiliados). Tampoco es una solución cerrada. Es, ante todo, un entorno de aprendizaje. En ese espacio se ponen a prueba cuestiones esenciales: si la necesidad detectada es real, si la propuesta responde de manera adecuada, si se comprende, si se utiliza, si es accesible y si genera valor en el entorno donde se implanta.

En términos prácticos, pilotar permite validar si una idea funciona en la vida real, es decir, si realmente resuelve el problema para el que fue diseñada y si encaja con las necesidades, hábitos y contexto de las personas destinatarias. También facilita identificar fallos, riesgos y puntos de fricción: dificultades tecnológicas, barreras de accesibilidad, confusiones de uso o desajustes en la experiencia. Detectarlos en una fase temprana evita costes innecesarios, retrabajos y errores mayores en una implantación posterior.

Además, el piloto ayuda a medir el valor real que aporta la innovación: si mejora la calidad de vida, si hace los procesos más eficientes, si reduce tiempos o si optimiza recursos. En definitiva, permite tomar decisiones informadas antes de escalar, reducir la incertidumbre y evitar invertir en soluciones que, en la práctica, no generan el impacto esperado.

Por este motivo, cada piloto parte de objetivos claramente definidos y de un diseño deliberado del sistema de evaluación. No se trata de partir de métricas preestablecidas, sino de definir primero qué se desea comprobar y, en función de ello, determinar cómo se medirá. ¿Qué buscamos aprender? ¿Qué evidencias confirmarán o cuestionarán la hipótesis inicial? El sistema de medición se construye en coherencia con esos objetivos.

El pilotaje no es “hacer por hacer”, sino validar hipótesis de forma estructurada antes de invertir más recursos o escalar una solución.

Metodología ágil: aprender en movimiento

El enfoque metodológico que sustenta este modelo es ágil. Conviene aclararlo: ser ágil no significa improvisar ni actuar con prisa, sino aprender con rapidez a partir de la realidad.

Esta mentalidad implica diseñar con las personas destinatarias desde el inicio y evitar construir soluciones únicamente desde una perspectiva interna. Supone medir de forma constante, escuchar activamente, ajustar lo necesario y volver a probar. Entendida así, la innovación no se basa en la rigidez, sino en la capacidad de adaptación continua.

Ahora bien, el pilotaje no requiere solo una actitud abierta al aprendizaje; también necesita un marco temporal claro. Un piloto no puede prolongarse indefinidamente ni expandirse sin límites. Desde el inicio deben definirse su duración, los espacios o centros en los que se desarrollará y los hitos intermedios que permitirán evaluar avances. Acotar el tiempo no restringe la innovación; al contrario, la ordena, concentra los esfuerzos y evita que el proyecto se diluya o se desvíe de su propósito inicial.

Del mismo modo que se establecen objetivos, se determinan plazos. Estos plazos facilitan la toma de decisiones: ajustar, ampliar, escalar o, si es necesario, replantear la propuesta.

Conviene recordar que un producto, una actividad o una experiencia son realidades vivas. Su comportamiento depende de la interacción de las personas, y esa interacción nunca está completamente bajo control. Por ello, el seguimiento no se deja para el final, pero tampoco implica intervenir de manera precipitada. El prototipo necesita un tiempo de exposición suficiente para generar aprendizajes consistentes. No se trata de lanzar hoy y modificar mañana sin evidencia, sino de observar durante el periodo definido, analizar los resultados y, a partir de ahí, introducir mejoras.

Ese tiempo de observación no es idéntico en todos los casos: dependerá de la naturaleza del proyecto y de lo que se quiera medir. En algunas iniciativas, un periodo breve puede ofrecer información relevante; en otras, será necesario dejar que la solución “viva” durante más tiempo para comprender patrones de uso, barreras o comportamientos. Solo tras esa fase de análisis se realizan iteraciones y se vuelve a medir, dentro del marco temporal establecido.

Además del marco temporal, es fundamental definir con claridad el alcance del piloto: dónde se prueba y con qué límites. Uno de los riesgos habituales en los procesos de innovación es ampliar el número de territorios antes de haber analizado en profundidad lo que está ocurriendo en el primer entorno de prueba.

Incorporar nuevos territorios puede interpretarse como una señal de avance, pero si aún no se han medido los resultados iniciales, esa expansión puede diluir el aprendizaje y comprometer la maduración de la solución. Cada centro introduce nuevas variables, contextos organizativos distintos, perfiles diversos de usuarios, realidades operativas propias, que complejizan el análisis. Sin una comprensión sólida de lo que funciona y de lo que necesita mejora en el primer escenario, añadir más entornos dificulta la toma de decisiones.

De ahí que el pilotaje exija disciplina metodológica: primero se prueba en un marco acotado, se mide, se extraen aprendizajes y se ajusta. Solo cuando los resultados lo avalan, se amplía el alcance. Escalar no es crecer por inercia; es crecer con evidencia.

Y para que ese aprendizaje sea real, resulta clave observar y analizar lo que está ocurriendo durante el proceso, introduciendo ajustes cuando la evidencia lo requiera. Iterar significa precisamente eso: observar lo que ocurre, incorporar cambios graduales y volver a medir. El aprendizaje no se pospone, sino que forma parte del propio desarrollo del piloto.

El error como parte natural del proceso

Cuando se están pilotando proyectos de innovación, uno de los aprendizajes más significativos es la reinterpretación del error. En este contexto, que una o varias hipótesis iniciales no se confirme no equivale a un fracaso. Equivale a información.

Un ejemplo de ello es el proyecto ONCE en Casa en donde, si se diseña una actividad grupal con la expectativa de una elevada participación y finalmente la conexión es menor de la prevista, la pregunta no es si la iniciativa estuvo “mal planteada”, sino qué variables han influido. ¿Era el horario el más adecuado? ¿La temática respondía a un interés real? ¿La comunicación y frecuencia con la que se comunicó la actividad fue suficiente? ¿Existían barreras tecnológicas que dificultaron el acceso?

A partir de este análisis se introducen ajustes que permitan comprender qué puede mejorar la interacción y/o participación en la actividad. En este caso, algunas iteraciones fueron: modificar la franja horaria, revisar la frecuencia de notificaciones de las actividades, simplificar el acceso a la actividad o redefinir el propio contenido. Tras cada cambio, se vuelve a medir. Ese ciclo, probar, medir, ajustar y volver a probar, constituye el núcleo del modelo.

El error, en este marco, no es algo que deba evitarse a toda costa. Es una fuente de aprendizaje que permite afinar la solución antes de su consolidación.

Aprendizajes acumulados

La experiencia acumulada a lo largo de los años pilotando proyectos de innovación en ONCE Innova ha permitido identificar algunos aprendizajes clave.

En primer lugar, el perfeccionismo puede convertirse en un obstáculo. Existe la tendencia, especialmente en las fases iniciales, a querer lanzar soluciones muy desarrolladas, casi definitivas y cuanto más complejo y cerrado es el desarrollo inicial, más difícil resulta ajustarlo cuando aparecen nuevos aprendizajes. El pilotaje obliga a centrarse en lo esencial y a validar la propuesta de valor con la mayor simplicidad posible. "Lo perfecto es enemigo de lo posible."

ONWAY
En segundo lugar, la co-creación desde el inicio marca la diferencia. Cuando las personas destinatarias participan en el diseño desde las primeras fases —incluso en la definición del prototipo mínimo viable— resulta mucho más sencillo priorizar funcionalidades y detectar qué elementos aportan verdadero valor. La experiencia demuestra que cuando una solución se construye únicamente desde la perspectiva del equipo impulsor, pueden incorporarse características que parecen relevantes en el plano teórico pero que no responden a necesidades reales en la práctica. ONWAY es un ejemplo de cómo ese aprendizaje permitió reajustar prioridades y redefinir el enfoque inicial.

Incorporar a las personas destinatarias desde el comienzo permite contrastar hipótesis tempranas, identificar qué es prioritario en una primera fase y qué puede esperar, y ajustar el enfoque antes de invertir más recursos. No se trata solo de recoger opiniones, sino de observar cómo interactúan con la solución, qué entienden, dónde encuentran dificultades y qué consideran realmente útil. Este diálogo temprano reduce desviaciones, evita iteraciones innecesarias y orienta el piloto hacia aquello que verdaderamente tiene sentido para quienes van a utilizar la propuesta. En definitiva, co-crear no es un gesto participativo simbólico, sino una condición metodológica para que la innovación tenga impacto real.

Otro aprendizaje clave es que medir no equivale a controlar, sino a comprender. En algunos pilotos, como por ejemplo ONCE en Casa, se ha observado que aumentar la frecuencia de notificaciones para impulsar la participación no siempre produce el efecto deseado; en ocasiones, genera saturación y rechazo. La medición constante permite ajustar la cadencia y encontrar un equilibrio que mejore la experiencia sin provocar fatiga.

Finalmente, iterar no significa cambiar de rumbo sin criterio. Todo piloto parte de un marco definido y de objetivos claros. La flexibilidad no sustituye a la planificación; la complementa. Se trata de mantener el propósito mientras se ajustan las acciones a partir de la evidencia obtenida.

Aprender antes de escalar

Trabajar en piloto implica aceptar la incertidumbre. Supone reconocer que no todas las hipótesis se validarán y que algunas requerirán revisión. Pero también ofrece una ventaja estratégica: permite aprender a bajo costo y con bajos recursos antes de escalar.

El pilotaje no es una fase menor del proceso innovador. Es el momento en el que se contrasta la coherencia entre la idea y la realidad. Es el espacio donde se identifican errores, pero, sobre todo, donde se generan aprendizajes.

Aprender antes de escalar significa medir, escuchar, ajustar y volver a intentar antes de invertir más recursos, implantar de forma masiva o consolidar una solución. Significa reducir riesgos y tomar decisiones basadas en evidencias reales.

En ONCE Innova, este proceso no se vive como una excepción ni como una fase provisional. Forma parte de una cultura organizativa que entiende que el error, bien gestionado, es una herramienta valiosa para construir mejores soluciones.

Porque innovar no es acertar a la primera.
Es aprender más rápido y mejor que antes..

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